Quizás en esta época las circunstancias particulares que ocurren en el mundo y la juventud que llega a influir en ella, es es muy parecido con lo que pasa con la globalización ya que un suceso que pase en cualquier parte del mundo puede influir en todas las personas.

Las nuevas tecnologías de comunicación reforzaron este rol protagónico. Los niños de esta generación ya no fueron meros receptores pasivos de una limitada programación de radio, televisión o prensa; ellos pueden convertirse en actores activos subiendo información a la web, escribiendo foros o grabando videoclips. Ellos pueden definir los contenidos que quieran ver. La tecnología bidireccional, en tiempo real y móvil, acabó con las limitantes que viven otras generaciones en lo relativo a la capacidad de comunicarnos con el mundo. Las personas nacían en un barrio o pueblo y esto determinaba en gran medida las personas con las que se iban a relacionar a lo largo de la vida, lo que llevaba a que las relaciones de amistad fuesen duraderas y estables, lo mismo que las relaciones matrimoniales e, incluso, los vínculos laborales. Sin embargo, los millenials vieron cómo esto dejó de ser cierto para la generación de sus padres: el divorcio, y sobre todo los despidos después de muchos años de lealtad a las empresas, comenzaron a poner en duda esos lazos que antes eran incuestionados. En paralelo, las redes tecnológicas abrieron la posibilidad de generar vínculos de forma virtual y dinámica a nivel global, mucho más allá del barrio. Las redes sociales dejaron de ser estáticas y sólidas, sino que aparecían, se mantenían y desaparecían en un fluir continuo. De nuevo, en un ámbito tan relevante como es el de las relaciones con otros, esta generación aprendió a vivir desde lo cambiante y lo inestable, donde las personas no viven presas de los vínculos, sino que los reformulan cada vez que lo necesiten para sentirse más protagonistas.

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